Foto de familia de la cooperativa de mujeres 'Luis Chamizo', en una visita del alcalde Fernando Fernández (a la izquierda), curiosamente, el niño de dos años (en el centro), 35 años después rige el destino de los guareñenses, Abel González.
Foto de familia de la cooperativa de mujeres 'Luis Chamizo', en una visita del alcalde Fernando Fernández (a la izquierda), curiosamente, el niño de dos años (en el centro), 35 años después rige el destino de los guareñenses, Abel González. / Cedida.

Hace más de 40 años se gestaba la cooperativa de mujeres Luis Chamizo

  • Por ella pasaron muchas jóvenes mujeres a lo largo de más de 20 años cosiendo ropa, haciendo remates… y daban trabajo a mucha gente

Como si se tratara del guion de una película de cine así nace la historia de la cooperativa de mujeres “Luis Chamizo”, de Guareña, hace más de 40 años. Todo surge en un vagón de tren cuando sus departamentos tenían los asientos de madera. Carlos Oliva en uno de sus viajes coincidió cierto día en los inicios de los 70 con un señor que buscaba quién o quienes querrían trabajar en Guareña cosiendo ropa, y como él trabajaba en una tienda con género textil en calle Don Diego López, cerca de la librería Sigifredo, se emplazó con el señor forastero en buscar un grupo de mujeres para contarles el proyecto.

Cuando llegó a Guareña, Oliva habló con la señora Catalina, cuñada de aquel y mujer que tenía una tienda de ultramarinos en calle Espronceda, y además era modista. Le comentó lo que le había contado aquel forastero en el tren. Catalina empezó a acordarse de mujeres de la vecindad, también de clientas asiduas, y les comentaba lo que Carlos Oliva escuchó de aquel forastero que buscaba gente para trabajar en costuras. La señora Cati se acordó de unas vecinas asiduas a su tienda; y se juntaron cierto día en la tienda de Carlitos Oliva, como así se le conocía en el pueblo. Pronto se puso la maquinaria en marcha para citarse un grupo de mujeres jóvenes deseosas de trabajar.

Interior de la cooperativa de mujeres en plena faena.

Interior de la cooperativa de mujeres en plena faena. / Cedida.

Los padres de aquellas mujeres que iban a iniciar un gran proyecto, recelosos, desconfiaban de aquella aventura “alocada” que se emprendía a ciegas; también los hubo que animaban a sus hijas aun desconociendo qué iban a sacar de aquello… Entonces no había móviles para agilizar cuanto antes las operaciones de trabajo ni ordenadores para consultar dudas mediante mensajes. Todo se tramitaba con llamadas desde un fijo o cartas.

Hoy 40 años después de aquellos inicios, algunas de aquellas mujeres que iniciaron la aventura recuerdan los momentos difíciles que pasaron. Miedo también, pero se veían unidas y eso les daba fuerza de poder salir adelante. Comenzaron a recibir prendas para coserlas en una casa de la calle El Pilar cuando corría el año 1972. Las propusieron poner dos cosas: máquinas de coser de pedales y el local. Aquello no guastaba mucho a sus madres deshacerse de sus propias máquinas.

Después cuando los cosíos aumentaban necesitaron más espacios y se hicieron de otra casa, la de Manuel Pajuelo. Una tal Mari Carmen, de Madrid, les enseñaba cómo rematar las prendas, ya que éstas venían sueltas de Madrid, pues entonces no había patrones, con lo que tenían que coserlas. La señora Mari Carmen se quedaba en Guareña y les enseñó mucho a estas mujeres guareñenses. De Madrid venía la ropa, hilos… y la luz lo pagaba la cooperativa. Por la prenda hecha cobraban 10, 20 y 30 pesetas, dependiendo el destino. En verano cosían para el invierno y en invierno cosían para el verano.

Aquellas mujeres de gran corazón y valentía no sabían cómo les iba a ir en un futuro. Eran momentos difíciles por introducirse en el mundo laboral pero eran bizarras de familias trabajadoras que supieron echarse al barro en una aventura donde el tiempo no estaba pagado. No querían intermediarios y se fueron a buscar trabajo a Madrid… Y seguían cosiendo y adquiriendo maquinarias. También iban a visitar otras cooperativas de mujeres por pueblos extremeños (Don Benito, Villanueva de la Serena, Navalvillar de Pela…), porque no paraban de aprender y nada se le ponía por delante.

Consiguieron más espacio yéndose a una casa de Manuel Cabezas. Aquello iba creciendo y se iban sumando más mujeres a coser porque la empresa lo demandaba. Con los años se fueron a otro inmueble en San Ginés. Allí mantuvieron reuniones con los padres explicándoles cómo iban las cosas… los viajes a Madrid…, y lo mucho que estaban luchando por trabajar.

Y se cambiaron otro lugar, a la planta baja del Centro Interparroquial tras conversaciones y negociaciones con los curas. Hacían sus gestiones. Subían por primera vez las escaleras del Ayuntamiento con cierto temor sin saber cómo serían atendidas por el alcalde para pedirles ayuda. Miraban en un espacio todo a su alrededor con recelo hasta entrar en el despacho del regidor entonces, Víctor Mediero, quien recibió a unas de estas mujeres para escuchar el proyecto laboral femenino. Eran asesoradas en muchos ámbitos del trabajo, aconsejadas, advertidas… ayudadas por gente en el pueblo porque social y laboralmente era un hito esta cooperativa de mujeres. Y tuvieron contacto con Extensión Agraria donde Joaquina Cillán y Norberto les ayudó mucho lo que debía ser una cooperativa, también en lo económico recibieron lecciones de Virilo Naharro y Tomás Gómez, sobre todo cuando adquirieron local propio en las eras del Palomar.

Por fin compraron unos terrenos y edificaron una nave propiedad de la cooperativa de mujeres. Silos Cortés también correspondió profesionalmente en ayudar a estas valientes damas. Y en cuanto a electricidad recibieron favores del maestro Antonio Manzanedo. En el inicio de la democracia en una de las visitas del alcalde entonces, Fernando Fernández, es el que aparece en la imagen a la izquierda del grupo de mujeres, quiso la circunstancia que en 1980 en presencia de todas las mujeres de la fotografía tal como aparecen, coincidiera ser testigo un niño de dos años que hoy rige los destinos de los vecinos, ese infante de la fotografía (en el centro) es el alcalde actual Abel González Ramiro. Paradojas de la vida se iban a cruzar en esa cooperativa, por una parte quien era alcalde en ese momento, y por otra, quien lo sería 35 años después.

Contaban con máquinas industriales y planchas de vapor, remalladoras, hojaladoras… y daban trabajo a otras mujeres de la población para hacer remates a dos pesetas cada uno). Consiguieron saldar la deuda y dar trabajo a muchas mujeres hasta 1998 que duró aquel sueño.

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