José Ángel Menayo herrando una bestia. / Cedida

OFICIO

José Ángel Menayo aprende el oficio de herrador

Se ha diplomado en la iniciación al herrado y podología ecuestre y ya ha comenzado a poner en práctica una profesión en peligro de extinción.

Pedro Fernández
PEDRO FERNÁNDEZ

El herrador es la persona encargada de herrar las bestias (caballos, mulas y burros). Este oficio tuvo gran importancia en toda Europa desde la Edad Media hasta la revolución industrial dado el elevado número de ganado equino que había. Con la industrialización del campo y la aparición del automóvil la ganadería equina disminuyó enormemente su número, quedando relegada principalmente a un uso ocasional de tipo deportivo o recreativo. El herrador de caballerías es un oficio que ha caído en desuso en muchos pueblos.

En la mayoría de nuestras poblaciones ya no existe la figura del herrador. Se desplazan a los pueblos, previo aviso, siendo un oficio en peligro de extinción.

Hace unos días el vecino guareñense José Ángel Menayo Mateos, (Guareña, 1980), de 39 años, se diplomaba en un curso sobre 'Iniciación al herrado y podología ecuestre' tras aprender durante ocho días en clases prácticas (del 13 al 20 de enero) y 15 clases teóricas en diciembre de 2019 vía online. El curso práctico, Menayo lo realizó en la Escuela de Herradores y Podólogos Equinos Sierra Norte, en el Centro de Formación Ecuestre en Colmenar Viejo (Madrid), con los profesores Daniel Anz (argentino y podólogo equino), Fernando Molina y Alfredo Montuno.

Compañeros de curso de José Ángel Menayo, agachado y a la izquierda. / Cedida

Menayo Mateos también se ha iniciado en el manejo del casco sin herradura, lo que llaman Barefoot, «es un tipo de recorte especial para caballos que no llevan herraduras», explica entusiasmado; y ha aprendiendo de qué va este sistema, instruyéndose en la anatomía y funciones del casco, condiciones de vida del caballo, las herramientas que se deben aplicar, la técnica del recorte y Balance F, desherrado y primer recorte, importancia de la alimentación, y uso de botas. Ha practicado cómo coger y manipular las extremidades del caballo, posturas en el equino, disección, uso de herramientas manuales y trípodes, recorte sobre piezas inertes y recorte sobre caballos.

A José Ángel Menayo le ha gustado desde siempre los caballos, «me ha gustado toda la vida el mundo de los caballos, y también he hecho el curso por conocer otro modo de vida». Lleva 18 años en el negocio de la hostelería y quiere cambiar de oficio, dedicarse cien por cien al herrado. «Me gustaría hacer más cursos para ampliar conocimientos», dice. En sus ratos libres disfruta con sus dos potros lusitanos ( Triana, de tres años, y Versace, de dos). Y ahora con el curso realizado le llueven llamadas para herrar caballos. Su primer trabajo ha sido en Villanueva de la Serena. Tardó dos horas en el herraje de las cuatro patas, cuando lo normal son hora y media, pero la mayor satisfacción para Menayo ha sido poner en práctica profesional lo aprendido. Herrar las cuatro patas a un caballo cuesta 50 euros… y sigue dispuesto al tajo. Su contacto es 669 926 425. Recomienda el cambio de herradura a los 45-60 días.

Todo en su papel de herrador de bestias. / Cedida

Otra de las razones por las que ha hecho el curso es, «por la demanda de herradores que se tiene, te pasas 30 días esperando a un herrador; y además porque me gusta aprender este oficio», confiesa.

Enumera las herramientas que tiene dispuestas para el herraje: lepra, tenazas de cortes, cuchilla, tenaza universal, el quitarremaches o desrremachador, martillo de forja, yunque, martillo de clavar, tenaza cocodrilo, la mortajera, herraduras, clavos, y la escofina, principalmente.

Con la mecanización del campo y la emigración de los años 60 el oficio de herrador entró en picado, los asnos y mulos, principalmente, fueron vendidos por sus dueños que marcharon al igual que una gran riada hacia las principales ciudades de España y a otras naciones de Europa, como Alemania, Francia, Suiza…, en busca de perspectivas mejores.

En Guareña se contaba por aquellos años con herradores que tenían instalada su industria en las eras o en algún cercón. Entonces se podían ver numerosas caballerías esperando turno para ser herradas; muy de mañana empezaba el herraje. Cantarines armoniosos eran los sonidos del martillo golpeando sobre el yunque para darle la forma adecuada a la herradura que iba a colocarse en la pezuña del animal. Todo el trabajo se llevaba a cabo de una manera artesanal y perfecta; el trato personal entre el herrador y el dueño del animal, e incluso con el mismo animal era perfectamente identificable y excelente, así el herrero como si de un doctor de animales se tratara conocía los vicios, defectos y hasta las enfermedades de las caballerías procurándoles remedio. Los herradores de entonces eran desde luego confesores y asesores de muchos veterinarios.

Este trabajo hoy en día ha tomado un auge muy diferente, el herrador actual reside en una localidad determinada donde recibe los avisos desde otras poblaciones a las que se traslada para efectuar su trabajo, dándose la circunstancia de que los animales que más atiende son los caballos y que sus dueños no dedican a las labores del campo, sino a sus paseos y entretenimiento personal. Es el caso de José Ángel Menaje que ya recibe llamadas de pueblos donde no hay herrador de bestias.

Así que Menayo ante un herraje, observa el aplomo antes de desherrar el casco, lo quita y observa el desgaste natural en la herradura, recorta el sobrante de materia cornea dejándole su aplomo, prepara la nueva herradura verificando el tipo adecuado y la talla correcta, forja la herradura, hace el asiendo de la misma al casco del animal, clava la herradura, recorta las puntas de los clavos, después con la tenaza de cocodrilo remacha bien las puntas y así quedará bien metidas en la tapa córnea... Y ya está lista la bestia con su nuevo herraje.

Si todo marcha bien José Ángel habrá salvado un oficio que ya no se estilaba en Guareña. Con él todavía podrá escucharse el sonido armonioso del martillo sobre la bigornia.