Antiguamente la poda del olivo se hacía en lo alto de la planta. / PF

GUAREÑA EN EL RECUERDO

Cuando la poda del olivo se hacía encima de la planta

Actualmente nadie se sube a «la horca» del olivo y desde el suelo y con motosierras se cortan las ramas

Pedro Fernández
PEDRO FERNÁNDEZ

Mucho ha evolucionado la poda del olivo. Hasta los 80 las hachas eran las herramientas del trabajador que se encargaba de podar los olivos y hoy todo está mecanizado. Ya no se ve a nadie en lo alto de un olivo podándolo. La técnica de antaño era subirse a «la horca de la planta» y trepar por una de las ramas y comenzar a cortar «toda la caña hasta limpiarle de ramón, y hasta la misma cogolla», según cuenta Alfonso Fernández Serrano, un hombre ya jubilado que ha aprendido el oficio desde niño. Su padre, Pedro Fernández Malfeito, le enseñó los pormenores de este trabajo.

Alfonso viene de una casta de hombres del campo, sabedores del oficio. Toda la vida la ha dedicado al campo, a cultivar, a labrar y a conservarlo. El oficio de la poda se lo conoce al dedillo porque «lo ha mamado». «Desde arriba es como mejor se ve lo que hay que hacerle al olivo». Así se lo decía su padre y su tío Felipe Fernández Malfeito.

A principio del mes de febrero comenzaba la poda del olivo «porque con las heladas no se cortaba el olivo», y desde febrero hasta San José, recuerda. «Cuando se ahuecaba la cáscara y corría la sabia ya no era tiempo de poda».

Recuerda Alfonso que el «podaó» tenía tres herramientas imprescindibles: el hacha corta de limpiar, el hacha larga de cortar ramas, y el corvillo para «pelgares» y «cogollas» y no tener que apurar para llegar al final de la rama con el peligro de caerse. «Muchos se caían al suelo y te decían los veteranos: si te vas a caer tira el hacha, y la tirábamos para no hacernos daño».

Cuadrillas de expertos se formaban como eran las de Paco Cortés, 5-8 peones, también la de don Martín «en lo de Riera», Cortijo Vázquez, Víctor Mediero, Catalina Cortés… eran «los grandes» de este oficio porque había que cortar muchos olivos y estos eran grandes propietarios.

Tampoco había escaleras largas, sólo escalerillas de 3 ó 4 peldaños para acceder a la « horca del olivo« y comenzar a »limpiar la caña«. »Aquí en Guareña el gusto es hermosear al olivo, no es igual que el corte en otros sitios«, dice Alfonso. Señala que »el ramón« está repartido por todo el olivo y la rama primitiva tiende a cortarse para injertar y criar rama nueva.

Antes se podían cortar 12 olivos grandes o 30 medianos en una jornada, «se salía a las nueve de la mañana porque la gente acostumbraba a echarse el café y las copas en los bares céntricos, se iba en bestias, se echaba mano a las diez, se comía en el campo y antes de ponerse el sol se llegaba a casa… no se miraba al reloj, pero sí al Sol, que no fallaba nunca», relata Fernández.

La poda del olivo se hacía -todavía es costumbre- cada dos años, pero se «regula la cantidad de cosecha cortándolos todos los años». Alfonso tiene claro lo aprendido que, « el olivo tiene que mantener al amo« y debe tratarse para que siga teniendo fuerza. Hay mucha madera que »está chupando, por eso se cortaban las ramas viejas«. En cuanto a las variedades de olivos autóctonos del término municipal de Guareña, verdiales y cornezuelos, «los primeros son más fruteros, pero el aceite bueno es del segundo», afirma y concluye Alfonso Fernández.